La energía eólica crece a la vez que lo hace su debate sobre su uso

c.b. atienza
valladolid


La comunidad internacional y las grandes economías fijaron hace años un objetivo muy claro para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, una transición hacia otras nuevas energías no contaminantes, como son la eólica o fotovoltaica. Desde hace años sabemos que esos combustibles fósiles, que durante el pasado siglo nos fueron tan útiles, son cada vez más escasos. Pero ¿es posible que esa transición sea coherente con la protección de la naturaleza que se quiere salvaguardar?

Este es el quiz de la cuestión al que nos enfrentamos. La generación de energía eólica proviene del aprovechamiento del viento, que es un efecto indirecto de la energía que genera el sol. La energía que llega a la Tierra no se distribuye uniformemente debido a las variadas características de las superficies sobre las que incide -especialmente masas de agua y continentes- y a la diferente inclinación respecto al sol de los distintos puntos de la esfera terrestre. Esto origina unas diferencias de temperaturas en la atmósfera, que al tender a igualarse generan corrientes de aire.
Este efecto ha sido aprovechado utilizando una tecnología únicamente mecánica desde tiempos pretéritos para moler grano o mover el agua. Actualmente la tecnología empleada para aprovechar la energía del viento transforma la energía mecánica en eléctrica permitiendo cualquier uso de la misma.

Los parques eólicos empezaron a extenderse en el último cuarto del siglo XX por los países industrializados como alternativa a la dependencia energética del petróleo. Actualmente este factor y las implicaciones de los combustibles fósiles en el cambio climático han potenciado tanto la instalación de parques como las inversiones en tecnología.

Los primeros aerogeneradores que se instalaron hace más de tres décadas «tenían una altura de 30 metros; los de segunda generación de hace diez años, cerca de 70 metros; y los más recientes cuentan con un tamaño desde la base a la punta de pala de 200 metros; y en Alemania hay prototipos que se van hasta los 230», explica el coordinador de plataforma Defensa Cordillera Cantábrica, Ernesto Díaz. Algo que sin duda «tiene una enorme implicación sobre el paisaje y la diversidad». La generación de energía a partir del sol y el viento es limpia porque no produce dióxido de carbono ni otras sustancias prejudiciales para la atmósfera, pero «hay que ir más allá».

Antes de que uno de estos aerogeneradores ponga a girar sus palas para generar kilovatios no contaminantes, es preciso fabricar sus diferentes partes, transportarlas y montarlas, lo que implica convertir recursos, generar emisiones y usar otras energías no tan limpias; es decir, contaminar. «Es lo que llamamos la huella ecológica», subraya Díaz. Para hacer tan solo uno de esos mal llamados molinos –muy distintos a aquellos que Cervantes describía en su Don Quijote de la Mancha- «hay que utilizar cantidades enormes de materiales que sí son muy contaminantes, como acero, hormigón y fibras que incluyen algunos elementos de ‘tierras raras’, que son unos minerales muy escasos que se extraen de explotaciones que se encuentran en China, Sudamérica o el centro de África».

Estos aerogeneradores tienen una vida útil de unos 20 años. Es el tiempo garantizado por lo general por los fabricantes, esto significa que antes de su desmantelamiento generará 47,4 veces la energía necesaria para su fabricación. Esto quiere decir que el aerogenerador tarda solo 153 días en recuperar la energía que ha costado fabricarlo y montarlo.
Esto es bastante más de lo que se consigue con placas fotovoltaicas, puesto que se calcula que una de estas instalaciones solares produce en sus 30 años de vida útil cerca de 16 veces la energía utilizada en su creación si está en Sevilla, 15 veces si está en Madrid y 13 veces si está en Barcelona (datos del informe ‘Compared assessment of selected enviromental indicators of photovoltaic electricity in OECD cities’, 2006).
Uno de los factores que influye en el impacto ambiental de estas máquinas es el desgaste que sufren y el mantenimiento que hay que realizar. En este sentido, el gran tamaño de las piezas es el principal problema. A diferencia de la torre, cuyo acero puede reciclarse, aquí el componente más problemático es el rotor, las palas, que están fabricadas de un composite, mezcla de fibra de vidrio y resinas epoxi (en las palas más grandes se utiliza también fibra de carbono).

Actualmente Campos y Torozos cuenta con 381 aerogeneradores que se reparten por un total de 3.200 hectáreas. Muchos de estos nuevos parques eólicos se encuentran en los términos municipales de Castromonte, Valverde de Campos, Valdenebro de los Valles y Villalba de los Alcores. Pueblos cercanos a la subestación de La Mudarra, pero también a la de Tordesillas. Y es que «la elección de estos lugares para la instalación de los nuevos parques eólicos tiene que ver con esa proximidad, al ser muchos kilovatios los que deben evacuarse», explica el alcalde de Castromonte, Heliodoro de la Iglesia.

Porque la energía de estos molinos no va solo a parar a La Mudarra; la del ‘Parque Torozos A’ desembocará la subestación Las Matas, en la pedanía de Castromonte de La Santa Espina, para después dirigirse hasta Tordesillas.

REPERCUSIÓN ECONÓMICA

Sin duda, «la repercusión económica para los pueblos es muy importante», dice Heliodoro de la Iglesia. Porque «gracias a la energía eólica la comarca puede impulsarse en unos momentos de despoblación inminente», añade. Por ello, en Castromonte «dimos las facilidades necesarias a las empresas para que se instalaran en nuestro término municipal». Porque «brindamos la disponibilidad, información e instalaciones para que los gestores puedan trabajar con los propietarios de las parcelas».

Así pues, los aerogeneradores pueden convertir los páramos de Campos y Torozos en algo más que electricidad, porque los proyectos son muchos. Castromonte «es el centro geográfico de todos los molinos de la zona y queremos realizar inversiones sostenibles, por lo que trabajaremos con expertos para valorar la viabilidad de cada uno de los proyectos». De manera más inmediata «hemos realizado varias acciones en el pueblo para que sea más cómodo, bonito y agradable posible y potenciar las instalaciones municipales, como el centro de ocio». Con tan solo dar un paseo por el municipio, «cualquier persona puede ver el vuelvo que a dado el casco urbano en diez años».

Asimismo, «con la cercanía a Valladolid, Castromonte puede convertirse en un lugar perfecto para las familias jóvenes». En este sentido, una de las ideas es que nuevos pobladores «puedan invertir y hacer su vivienda a bajo coste en terrenos municipales». Y aunque las energías renovables son necesarias y pueden beneficiar al territorio «es importante que exista una gestión con cabeza», explica Ricardo Miranda, uno de los responsables de la Asociación SOS Montes Torozos. Una iniciativa que «nace para intentar hacer algo con la que se no está viniendo encima con las renovables; más ahora, cuando empieza a haber una ‘marabunta’ de parques fotovoltaicos».

Miranda subraya que desde su plataforma «nadie está en contra de las energías renovables, pero no con las maneras con las que se está actuando, y sin que se consulte a la población». La asociación, que «no cuenta con ninguna afiliación política ni va en contra de nadie, tan solo busca apoyo social para actuar».

La también integrante de la plataforma Catalina García subraya que «las renovables afectan en tres dimensiones: ambiental, social y económica». En relación a la primera de ellas «el daño de la solar es mayor, en cuanto al cambio uso del suelo, por la gran ocupación que tiene». Además, «son plantas completamente valladas en las que nada puede entrar ni salir. Ocupan mucho y supone la variación de suelo rústico y agrario a industrial, lo que afecta al sector primario y a la caza, porque desplaza a la fauna». Y es que «es imposible que los animales pases a otras zonas lo que hace que las poblaciones se aíslen y no haya variación genética, hasta que la especie colapsa». En este sentido, recordó la crisis de la covid-19, que «surgió por una zoonosis». Algo que «favorece la pérdida de biodiversidad». Sin olvidar que «afectan a las aves esteparias planeadores, que se vinculan a los cultivos».

Proyectos que tienen «su impacto a nivel medioambiental, ya que separa dos zonas protegidas de la Red Naura, la Zepa de la Nava y el LIC -Lugar de Importancia Comunitaria- de Montes Torozos». En cuanto a la energía eólica, recordó que «tiene un daño directo sobre las aves planeadoras como buitres, que sufren daños directos por las palas o los propios tendidos eléctricos».

AFECCIONES SOCIALES

Catalina García habla también sobre afecciones sociales, ya que la instalación de estos parques «conlleva una pérdida de población». Porque «nadie quiere vivir en un espacio industrial y debemos recordar que mucha gente que reside en los pueblos lo hace para estar en contacto con la naturaleza».
Por último, hace hincapié en que «este tipo de energías no fijan empleo en los pueblos». Sí bien es cierto que «se crean puestos de trabajo durante el periodo de instalación, luego apenas se necesitan unos pocos operarios para su mantenimiento».

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