La jubilación de Fidel Caballero da paso a Lucía Cebrián, una joven de Villabrágima que recoge el testigo
C.B. ATIENZA/ MEDINA DE RIOSECO
Hay despedidas que tienen algo de final y otras que, aunque cierran una etapa, llevan dentro la ilusión de otra persona que inicia un proyecto. La de Fidel Caballero pertenece claramente a las segundas. Después de 42 años al frente de Fica Mayorga (Mayorga de Campos y Medina de Rioseco), el pasado 31 de agosto puso fin oficialmente a su vida profesional. Pero lo hizo con la satisfacción de saber que el negocio que levantó desde cero no desaparece con su jubilación. Reconoce haber llevado todo el proceso «bien, con un trabajo que me ha gustado siempre y más contento aún porque no significa un cierre». Y es que este proyecto ha encontrado relevo generacional en Lucía Cebrián, una joven de Villabrágima que será ahora quien tome el testigo de una historia que comenzó en 1984 y que Fidel quiere dejar encarrilada antes de retirarse definitivamente. Para ella, además, la oportunidad no solo supone ponerse al frente de un negocio ya existente, sino encontrar una manera de cumplir con su idea de quedarse en su pueblo.
Para llegar hasta aquí hay que regresar a aquellos primeros años en los que todo estaba por hacer. Fidel es natural de Mayorga y antes de poner en marcha Fica había pasado por la Escuela de Arte y Gráficas de Cristo Rey, en Valladolid, donde estudió esta profesión, para trasladarse después a Madrid y completar allí sus estudios mientras trabajaba. Fue precisamente en esa etapa cuando comenzó a conocer de cerca un oficio que poco tenía que ver con el actual, porque entonces «no había ordenadores», recuerda. La composición «se hacía de una manera completamente artesanal», ya que todo lo que tenía que ver con la tecnología «estaba en plena transformación». En este sentido, recuerda que cuando estaba en Madrid «era una novedad tener un almacenamiento de más de 10 millones de caracteres» y que «se trabajaba con una cinta perforada». Aquellos procedimientos, hoy casi inimaginables, fueron los que marcaron sus primeros pasos antes de regresar a su pueblo y plantearse la posibilidad de abrir una imprenta en un momento en el que Mayorga no contaba con ninguna.

Una idea que surgió gracias a un familiar del País Vasco, que «conocía a una persona que tenía que ver con la venta de maquinaria para imprentas y que me animó a intentar poner en marcha el negocio». Junto a su ahora esposa, Pilar Rubio, comenzó «una aventura» en la que los inicios fueron modestos y alejados de cualquier estructura empresarial. Y es que «al principio metí la maquinaria en una habitación de casa de mi madre». El crecimiento «fue lento y se basó en los trabajos que conseguía y en la maquinaria que podía incorporar con mucho esfuerzo». De esta manera Fidel construyó un proyecto que necesitaba de paciencia, constancia y mucha capacidad para buscarse la vida en un territorio en el que entonces, como ahora, no siempre era sencillo sacar adelante una actividad empresarial.
A la hora de ganar clientela Fidel recorrió distintos puntos de Tierra de Campos para presentar sus servicios y tratar de incorporar nuevos clientes. «Había temporadas que a lo mejor no había un gran volumen de trabajo y hacía visitas para presentar mi oferta». Esa constancia daría sus frutos, hasta el punto de que «todavía mantengo algún cliente desde el año 84», señala con orgullo. Programas de fiestas, calendarios y trabajos para empresas llenaron lentamente el calendario de la imprenta y haciendo que Fica se abriera un hueco más allá de Mayorga.
Uno de los grandes hitos de su proyecto llegó con la apertura de un local en Medina de Rioseco en el año 2000, para así «aprovechar la clientela que ya tenía en la localidad», una circunstancia que se unía al cierre o a la próxima jubilación de otras imprentas riosecanas. La nueva apertura permitió mantener parte de la maquinaria en Mayorga y desarrollar en este nuevo espacio otros trabajos que tenían que ver con el diseño y la impresión digital, que incluía lonas y vinilos. Una vez más, «la idea era adaptarse a las necesidades de los clientes y ampliar las posibilidades del negocio».
A lo largo de estos años también ha variado la forma en la que los encargos llegan. «Hoy buena parte de los clientes aparecen con los trabajos que ellos mismos han diseñado, lo que facilita parte del proceso». Sin embargo, Fidel defiende «la necesidad del profesional, que conoce el oficio y sabe detectar los problemas antes de que el trabajo llegue a la máquina». Y es que «un cartel con poca resolución, unas medidas incorrectas o un archivo mal preparado puede terminar convirtiéndose en un problema para quien tiene que imprimirlo».
Ahora llega el momento de que todo ese conocimiento pase a otras manos. La jubilación se hizo efectiva el 31 de agosto y, aunque el negocio ya tiene continuidad, Fidel vive un periodo de transición en el que todavía mantiene una presencia activa para acompañar a Lucía Cebrián en sus primeros pasos. «Me he comprometido con ella a enseñarla durante el tiempo que sea necesario para que conozca el sistema, para que conozca los clientes». No se trata solo de aprender a manejar una máquina, sino de conocer el ritmo del negocio y los diferentes momentos del año. Así pues, «cada mes se trabaja de una forma o de otra». Por ejemplo, «ahora llega la campaña de los calendarios, después vendrán las loterías y otros trabajos».
Y Lucía lleva ya tiempo aprendiendo esos secretos. El relevo no se ha producido de un día para otro, sino que empezó a prepararse meses antes de la jubilación de Fidel. La joven de Villabrágima comenzó a acudir al negocio «desde mayo», incluso antes de que su nuevo responsable dejara oficialmente la actividad, para familiarizarse con el funcionamiento de la imprenta y empezar a conocer desde dentro un oficio nuevo para ella. «Yo creo que me he adaptado bien, aunque todo tiene su ritmo y me queda mucho por aprender», reconoce. Su formación, además, parte de un terreno que puede tener mucho que ver con el negocio, ya que ha estudiado arquitectura ya había tenido anteriormente contacto con el diseño, «después de que algunas asociaciones de su pueblo le pidieran realizar carteles y otros trabajos».
Fue precisamente al enterarse de la jubilación de Fidel cuando vio una oportunidad que podía encajar con su manera de entender su futuro. «Me pareció buena opción para emprender con un negocio que significa una continuación», señala. Una decisión que también contó con el apoyo de su familia y que terminó de convencerla por una cuestión que significa «la posibilidad de permanecer en el territorio». Porque «me gusta el pueblo y siempre he querido estar en Villabrágima».
La decisión ha llamado la atención de quienes la conocen, especialmente porque en los últimos años son muchos los negocios que desaparecen cuando llega la jubilación de sus propietarios. Lucía reconoce que, de cara a la gente, las primeras reacciones han sido de sorpresa y admiración. «Son muchas las personas que me han dicho que soy una valiente».
Para Fidel empieza ahora otra etapa, una más personal y con otros ritmos. El tiempo que hasta ahora ocupaban las máquinas, los encargos y las campañas podrá repartirse entre sus aficiones y los proyectos que ha tenido que dejar en segundo plano durante los últimos años. Seguirá vinculado a la Asociación del Víctor, en Mayorga, de la que es presidente, y tendrá también más tiempo para el campo, una de sus grandes aficiones. Cuenta además con un proyecto junto a su hija relacionado con la plantación de árboles frutales y reconoce que otra de las cosas que quiere recuperar es la posibilidad de viajar.
Después de 42 años de trabajo y de haber empezado desde cero y haber visto transformarse por completo un oficio, Fidel puede permitirse mirar hacia delante con la tranquilidad de quien sabe que aquello que construyó no se queda atrás. Porque no es la historia del cierre de una imprenta. Es la de una puerta que cambia de manos. Fidel se marcha queda en manos de Lucía, que a buen seguro crecerá junto a un negocio que todavía tiene camino por recorrer.







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