ESTHER DUQUE/DIRECTORA

El campo castellano y leonés ha sembrado este año un récord y ha hecho bien según las cifras de la Política Agraria Común han elevado el girasol hasta las 416.000 hectáreas, ciento dieciocho mil más que la campaña pasada, y han colocado a la oleaginosa en el centro del paisaje agrario de la Comunidad. Conviene leer ese dato sin euforia. El agricultor ha votado con el arado, y lo que ha dicho su voto merece una reflexión más honda que el titular.

El girasol ha crecido porque el cereal se ha derrumbado. El trigo ha perdido más de cien mil hectáreas y la cebada cerca de cincuenta mil, arrastrados por unos precios que han dejado de cubrir lo que cuesta cultivarlos. La pipa ha llegado entonces como tabla de salvación con menos gasto en semilla, en abonado, en tratamientos, y una cotización que ha rozado los quinientos euros la tonelada al calor de la guerra del mar Negro. El labrador ha apostado por la rentabilidad y ha aprovechado la coyuntura que el mercado le ha servido.

Ahí empieza, sin embargo, la inquietud. Porque la decisión, acertada en lo inmediato, ha descansado sobre dos pilares que el agricultor no controla. El primero ha sido el precio, sostenido por una escasez internacional que la diplomacia podría desactivar de un día para otro. El aceite ha valido caro porque Ucrania ha dejado de embarcarlo y Rusia ha producido menos, y bastaría un cambio en el frente para que la flor amarilla recuperara los valores mediocres de antaño. El segundo pilar ha sido el cielo. El girasol castellano y leonés se ha sembrado casi todo en secano, y el secano ha entregado rendimientos que han oscilado más de un veinticinco por ciento de un año a otro según haya llovido o no en julio. La planta cuaja el capítulo en pleno estío, cuando el agua deja de caer, y este verano se ha presentado tras una de las primaveras más cálidas y secas que se recuerdan.

El agricultor lo sabe mejor que nadie ya que ha visto el cereal de invierno desplomarse este mismo año más de un cuarenta por ciento en León, y ha apostado al girasol porque era lo sensato con la información disponible. Pero apostar a la flor amarilla campaña tras campaña, a expensas del frente ucraniano y de la tormenta de agosto, no es una estrategia. Es una huida ordenada. Y una huida, por bien ejecutada que esté, termina cuando se acaba el terreno hacia el que correr.
La salida consiste en dejar de depender de él como quien lo hace de la lotería. El profesional que pueda transformar su explotación —modernizar el riego donde lo tenga, diversificar las oleaginosas, afinar las variedades de ciclo corto que esquivan el calor extremo, negociar contratos que blinden un precio mínimo antes de la siembra— se jugará menos en el azar y más en su oficio. Quien siga atado al secano puro y a la cotización del momento volverá a empezar el cálculo desde cero cada otoño, con la misma angustia. La flor mira al sol porque no le queda otra. El agricultor, ojalá, pueda elegir hacia dónde mirar.

Deja un comentario

sobre nosotros

aGrural es tu medio de comunicación digital especializado en información sobre agricultura, ganadería, desarrollo rural y actualidad del sector agroalimentario y gastronómico en España

Explora más

Descubre más desde ag actualidad rural

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo