El 86% de las 73 visitas analizadas entre 2009 y 2021 estuvo relacionado con alimentos vinculados a la actividad humana. La investigación sitúa los frutales como principal foco de atracción y plantea retirar o proteger estos recursos durante los meses críticos antes de recurrir al ahuyentamiento.

La fruta disponible en los pueblos de la cordillera Cantábrica y otros alimentos asociados a la actividad humana explican la mayoría de las visitas de osos pardos a núcleos habitados, según una investigación de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), la Universidad de León y la Fundación Oso de Asturias. El trabajo ha estudiado 73 episodios registrados entre 2009 y 2021 y propone anticiparse a estos acercamientos mediante la gestión de los recursos que atraen a los animales.
Publicado en Scientific Reports, el estudio aporta una primera evaluación sistemática de este fenómeno en la población cantábrica y cambia el foco de buena parte de la gestión. Los investigadores sitúan la prevención sobre los alimentos disponibles como una herramienta prioritaria frente a una respuesta basada fundamentalmente en ahuyentar al animal una vez que ha entrado o se ha aproximado a una localidad. El artículo científico fue publicado el 17 de mayo de 2026.
Los alimentos explican el 86% de las visitas de osos a los pueblos
Los datos ofrecen un patrón definido. El 86% de los episodios analizados estuvo relacionado con la búsqueda de alimentos asociados a la presencia humana, entre ellos cultivos frutales, huertas, pienso, colmenas y residuos. Los árboles frutales sobresalen sobre el resto de recursos y estuvieron implicados en el 55% de los casos documentados, con especies como cerezos, ciruelos, manzanos y perales.
La concentración temporal refuerza esa relación. El 82% de los episodios se produjo entre junio y septiembre, coincidiendo con la disponibilidad de fruta en las poblaciones de montaña. “Este patrón cobra sentido teniendo en cuenta que el 82% de los episodios se dieron en los meses de verano, entre junio y septiembre, que es cuando hay fruta disponible en los pueblos”, explica Manuel Díaz Fernández, investigador de la EBD-CSIC y primer autor del estudio.
La investigación permite así distinguir la presencia ocasional de un ejemplar en el entorno de un núcleo habitado de las visitas vinculadas a una fuente alimentaria concreta. Los osos encuentran dentro o alrededor de algunas poblaciones recursos concentrados, previsibles y accesibles que pueden incorporarse temporalmente a sus movimientos habituales, especialmente durante el periodo de maduración de determinados frutos.
El horario de los acercamientos añade otra pieza al patrón. El 64% tuvo lugar durante la noche o en las horas crepusculares, mientras que una parte importante de los animales que pudieron ser identificados eran jóvenes o subadultos. Los autores plantean que estos ejemplares pueden mostrar una mayor tendencia exploratoria y aprovechar con mayor facilidad alimentos situados cerca de los asentamientos.
“Las visitas de osos a los pueblos generan una gran atención mediática y preocupación social, pero hasta ahora apenas existían estudios científicos que permitieran comprender por qué se producen. Conocer qué factores las favorecen permitirá diseñar medidas preventivas más eficaces”, señala Díaz Fernández.
El bosque, el relieve y las zonas de cría elevan la probabilidad
La disponibilidad de comida explica qué busca el oso, aunque la investigación ha tratado también de determinar por qué unas localidades reciben visitas mientras otras, situadas dentro de la misma área de distribución de la especie, apenas acumulan episodios documentados. Para ello, el equipo ha cruzado los registros con las características ambientales y físicas de los núcleos habitados.
Los 73 casos correspondieron a 44 localidades de Asturias, Cantabria y Castilla y León. En 35 de ellas se documentó un único episodio y nueve registraron visitas repetidas. La investigación señala además una fuerte concentración de los registros en el sector occidental de la población cantábrica, donde se contabilizaron 63 de los casos estudiados en 35 núcleos. Según los registros oficiales recabados, Galicia carecía de episodios documentados durante el periodo analizado.
Los pueblos afectados se encuentran con mayor frecuencia cerca de áreas de reproducción, dentro de territorios con una elevada calidad de hábitat para el oso y en zonas donde también existe una mayor incidencia de daños asociados a la especie. A escala estrictamente local aparecen además tres características relevantes: mayor extensión del núcleo, menor distancia respecto al bosque y un relieve más abrupto en su entorno.
La cercanía de la masa forestal proporciona cobertura antes y después del acercamiento, mientras que la orografía accidentada facilita refugios y movimientos con menor exposición. El tamaño del pueblo puede influir por diferentes vías. Una superficie urbana más extensa suele albergar también más huertas, jardines, frutales y otros posibles recursos, al tiempo que ofrece un perímetro mayor por el que acceder.
El propio estudio introduce una cautela metodológica relevante. Los investigadores trabajan con visitas documentadas, de modo que determinados episodios nocturnos o breves pudieron pasar inadvertidos. Además, un núcleo de mayor tamaño puede contar con más observadores potenciales y, por tanto, incrementar las posibilidades de que la presencia de un oso sea detectada y registrada.
Los investigadores reconstruyeron 12 años de episodios
El trabajo ha requerido combinar fuentes que hasta ahora se encontraban dispersas. El equipo solicitó registros a las administraciones autonómicas responsables del seguimiento del oso, recopiló información de organizaciones dedicadas a su conservación, realizó entrevistas en las zonas afectadas y desarrolló trabajo de campo para caracterizar los pueblos y su entorno.
La prensa digital sirvió asimismo para localizar episodios que no aparecían en los registros administrativos. En esos casos, los investigadores incorporaron únicamente informaciones acompañadas por fotografías o vídeos que permitieran comprobar la presencia del animal y verificar que se encontraba realmente dentro del núcleo analizado. Ese procedimiento buscó reducir la incertidumbre derivada de noticias sobre avistamientos en las proximidades de una localidad.
La heterogeneidad de los datos es precisamente una de las cuestiones que el artículo plantea corregir. Las comunidades autónomas gestionan y siguen a la especie mediante sus propios dispositivos, pero carecen de un sistema homogéneo para registrar y clasificar este tipo de episodios. Los autores consideran que compartir criterios permitiría comparar territorios, reconocer pautas recurrentes y evaluar con mayor precisión la eficacia de cada intervención.
La recuperación del oso amplía el territorio compartido
El análisis se produce en un escenario muy distinto al que presentaba la cordillera Cantábrica a finales del siglo XX. La población de oso pardo cayó entonces por debajo del centenar de ejemplares y quedó fragmentada en dos núcleos. Su recuperación demográfica y territorial ha ampliado posteriormente el área ocupada por la especie y los espacios en los que coinciden actividad humana y hábitat osero.
La estimación poblacional presentada conjuntamente por Asturias, Castilla y León, Cantabria y Galicia en 2023 calculó alrededor de 370 osos pardos, 250 en la subpoblación occidental y 120 en la oriental, a partir de más de 1.200 muestras analizadas mediante técnicas genómicas. El área estudiada alcanzó aproximadamente 16.700 kilómetros cuadrados.
Ese crecimiento constituye el contexto territorial del fenómeno, aunque los resultados del nuevo trabajo apuntan hacia un factor mucho más concreto para explicar cada visita. La presencia de alimento accesible aparece como el principal desencadenante inmediato. La recuperación de la especie aumenta las zonas de contacto potencial, mientras que son las condiciones de cada localidad y, especialmente, sus recursos alimentarios las que ayudan a explicar dónde se documentan los acercamientos.
La investigación evita, además, interpretar automáticamente la sucesión de noticias sobre osos dentro de localidades como prueba de un incremento equivalente del fenómeno. Los episodios comenzaron a registrarse con mayor frecuencia a partir de 2017, pero la mejora del seguimiento, la atención pública y la disponibilidad de imágenes procedentes de teléfonos y otros dispositivos pueden haber elevado también la capacidad de detección.
Retirar la fruta puede resultar más eficaz que ahuyentar al oso
Las conclusiones trasladan buena parte de la gestión hacia los momentos anteriores a la aparición del animal. Si la mayor parte de las visitas está relacionada con comida disponible, reducir su accesibilidad durante los meses de mayor riesgo puede evitar que el oso encuentre una recompensa y repita posteriormente el comportamiento.
La propuesta afecta principalmente a los frutales, aunque alcanza también a huertas, colmenas, piensos y residuos. Entre las opciones estudiadas se encuentran la recogida de la fruta durante el verano y la utilización de sistemas de protección que dificulten el acceso a determinados recursos. La literatura científica examinada por los autores incluye también el empleo de cerramientos eléctricos adecuados para proteger alimentos especialmente atractivos.
El artículo recoge un episodio ocurrido en Castilla y León que permite observar esa diferencia entre actuación reactiva y preventiva. Una osa visitó repetidamente varios pueblos durante años y los sucesivos intentos de ahuyentarla consiguieron resultados limitados mientras continuó encontrando alimento. Según el informe de la Junta citado por los investigadores, las visitas cesaron después de retirar casi por completo la fruta disponible en la localidad.
“Estas deberían ser el tipo de medidas preventivas a priorizar, incluso por delante de las medidas reactivas centradas en espantar a los osos de los pueblos, ya que estas pueden perder su efecto en el tiempo si no se elimina el acceso a los recursos tróficos”, explica Díaz Fernández.
El razonamiento parte del aprendizaje del propio animal. Una respuesta aversiva puede alejar temporalmente al ejemplar, aunque la existencia posterior de una recompensa alimentaria mantiene el incentivo para regresar. La gestión del recurso persigue interrumpir esa relación entre núcleo habitado y comida disponible antes de que el comportamiento se consolide.
Un protocolo común permitiría conocer mejor cada episodio
La segunda recomendación relevante afecta a las administraciones. Los investigadores plantean una recopilación y categorización homogénea de las visitas en las diferentes comunidades autónomas de la cordillera. Una base comparable permitiría precisar si interviene un ejemplar joven o adulto, qué alimento buscaba, en qué momento se produjo el acercamiento, si existieron daños y qué medida se aplicó posteriormente.
La cuestión resulta especialmente importante porque los 73 casos estudiados abarcan doce años y proceden de organismos y fuentes con criterios de registro diferentes. Un sistema compartido mejoraría el seguimiento temporal y permitiría conocer qué medidas logran disminuir la repetición de episodios, además de identificar con antelación las localidades que reúnen más factores de riesgo.
El trabajo constituye, por ello, una base de partida antes que un inventario definitivo de todos los acercamientos producidos en la cordillera Cantábrica. Sus autores plantean ampliar la investigación mediante análisis genéticos que permitan identificar ejemplares concretos y proyectos de radiomarcaje capaces de reconstruir sus movimientos antes, durante y después de una visita a un núcleo habitado.
La investigación ha contado con la participación de las Patrullas Oso del Principado de Asturias, la Junta de Castilla y León y el Gobierno de Cantabria, junto con la Fundación Oso de Asturias y la Fundación Oso Pardo. En las primeras fases participó también, como asesor, el biólogo Juan Seijas, especializado en la gestión de conflictos entre osos y personas.
El objetivo que emerge de los resultados consiste en intervenir antes de que una fuente de alimento transforme un acercamiento ocasional en una conducta repetida. “La clave para el futuro es establecer unas medidas de gestión que nos permitan adelantarnos a estos sucesos y reducirlos en la medida de lo posible”, concluye Díaz Fernández.







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