almudena álvarez palencia Robots capaces de detectar una plaga antes de que el agricultor la vea, aplicar fitosanitarios solo donde hacen falta, monitorizar un frutal o transportar la cosecha junto al operario ya no pertenecen al terreno de la ciencia ficción. La tecnología ya existe, funciona y ha alcanzado un grado de madurez suficiente para empezar a desplegarse en explotaciones reales. El gran reto ahora no es tanto tecnológico como económico y pasa por encontrar modelos de negocio que permitan que esa innovación llegue al campo de forma rentable y útil para agricultores y ganaderos. Esa fue una de las principales conclusiones del Foro Nacional sobre Aplicaciones de la Robótica en la Agricultura celebrado en el CIFP Viñalta de Palencia, donde investigadores, empresas tecnológicas, ingenieros agrónomos y representantes del sector agrario analizaron durante una jornada cómo la inteligencia artificial, la robótica móvil, el big data o la conectividad 5G empiezan a transformar la agricultura de precisión y la ganadería. El encuentro, impulsado dentro del programa Centr@Tec de la Junta de Castilla y León y el Instituto para la Competitividad Empresarial (ICECYL), y organizado por el Centro Tecnológico Agrario ITAGRA, reunió a más de un centenar de asistentes en torno a la idea de que el campo necesita tecnología para afrontar problemas cada vez más complejos, desde la falta de mano de obra hasta la reducción de costes, la sostenibilidad ambiental o la adaptación al cambio climático. “Las nuevas tecnologías son un tren que está pasando y al que nos tenemos que subir para que nuestros competidores no nos saquen ventaja”, resumió el director del ITAGRA, Asier Saiz que inauguró la jornada junto al consejero de Economía y Hacienda, Carlos Fernández Carriedo. Saiz defendió que la tecnificación ya no es una opción futurista, sino una necesidad para garantizar la competitividad del sector agrario. “La mano de obra va a ser un factor limitante en el futuro y hay que buscar soluciones. Una de ellas pasa por desarrollar herramientas que ayuden a suplir esa falta de trabajadores”, explicó. El director del ITAGRA situó además a Palencia como uno de los polos de referencia en I+D aplicada a agricultura y medioambiente, gracias al ecosistema formado por el campus universitario con los estudios de Ingenierías Agrarias, los centros tecnológicos como ITAGRA o CETECE y escuelas de formación agraria como Viñalta. Pero si alguien puede medir la evolución de esta revolución tecnológica es Ángela Ribeiro. Lleva dos décadas investigando en robótica agrícola en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y reconoce que el mayor cambio no ha sido solo tecnológico, sino cultural. “Hace veinte años, cuando hablábamos de robótica en el campo, la gente se asustaba un poco. Ahora ya no solo se entiende, sino que hay empresas trabajando con esta tecnología. Hemos llegado a un punto muy maduro para empezar un despliegue real”, explicó. Ese salto tecnológico se apoya en avances muy concretos. Sensores capaces de analizar el estado de una planta, cámaras térmicas, sistemas LIDAR, imágenes satelitales, algoritmos de inteligencia artificial o pequeños robots autónomos que trabajan coordinados como si fueran una flota. La investigadora del CSIC explicó que uno de los desarrollos más avanzados es la detección temprana de plagas y la aplicación selectiva de tratamientos. Una tecnología especialmente relevante en un contexto de reducción del uso de fitosanitarios y búsqueda de una agricultura más sostenible. “No es lo mismo detectar un hongo fijo que un insecto volador, pero ya hay aplicaciones muy avanzadas para identificar problemas antes de que sean visibles y actuar solo donde hace falta”, explicó. El objetivo no es sustituir al agricultor, insistieron los expertos, sino ayudarle a trabajar mejor, reducir esfuerzo físico y optimizar recursos. De hecho, otra de las aplicaciones más inmediatas son los robots de apoyo al operario, capaces de transportar producto durante la recolección o automatizar tareas repetitivas y pesadas. Ribeiro participó precisamente en proyectos europeos pioneros basados en flotas de pequeños robots coordinados. Uno de ellos, denominado RHEA, se centró en el control inteligente de malas hierbas mediante robots terrestres y aéreos trabajando simultáneamente. Otro proyecto más reciente desarrolla plataformas autónomas de apoyo a la vendimia manual, capaces de acompañar al trabajador y transportar la uva durante la cosecha. La clave, explicó, es que la robótica agrícola no funciona como una máquina aislada, sino como un sistema inteligente conectado continuamente y capaz de tomar decisiones en un entorno vivo y cambiante. Es ahí donde, según esta experta, aparecen todavía algunos de los grandes desafíos tecnológicos. “El campo tiene incertidumbre. Las plantas crecen, cambian, hay clima, plagas, movimiento… La inteligencia artificial tiene que ser capaz de adaptarse a todo eso”, apuntó. También persisten problemas relacionados con la conectividad y la robustez de los equipos. Los robots necesitan comunicación continua, supervisión y sistemas fiables que soporten condiciones extremas de polvo, humedad o calor. “El agricultor necesita herramientas que funcionen con la misma facilidad con la que usamos un móvil”, resumió la investigadora. Precisamente los teléfonos inteligentes se erigen ya como una de las puertas de entrada más realistas a esta revolución tecnológica. Buena parte de las herramientas de agricultura de precisión pasan por aplicaciones capaces de integrar sensores, datos meteorológicos, imágenes satelitales o recomendaciones automáticas para la toma de decisiones diarias en la explotación. La gran cuestión pendiente sigue siendo cómo hacer rentable todo este ecosistema tecnológico, especialmente en países como España, donde predominan explotaciones más pequeñas y fragmentadas que en otros territorios con grandes superficies agrarias. “Muchas veces hablamos de robots muy especializados para tareas concretas y periodos muy cortos del año. El problema es cómo amortizar esas inversiones”, reconoció Ribeiro. Y más en un sector como el agrario acostumbrado a convivir con la incertidumbre. Ahí es donde investigadores y empresas empiezan a explorar nuevos modelos de negocio basados en servicios compartidos, alquiler de maquinaria autónoma o plataformas tecnológicas colectivas. Mientras tanto, el sector observa con una mezcla de prudencia y expectación una transformación que ya ha dejado de ser futurista y que poco a poco está entrando en el campo.

Almudena Álvarez


Robots capaces de detectar una plaga antes de que el agricultor la vea, aplicar fitosanitarios solo donde hacen falta, monitorizar un frutal o transportar la cosecha junto al operario ya no pertenecen al terreno de la ciencia ficción.
La tecnología ya existe, funciona y ha alcanzado un grado de madurez suficiente para empezar a desplegarse en explotaciones reales. El gran reto ahora no es tanto tecnológico como económico y pasa por encontrar modelos de negocio que permitan que esa innovación llegue al campo de forma rentable y útil para agricultores y ganaderos.

Esa fue una de las principales conclusiones del Foro Nacional sobre Aplicaciones de la Robótica en la Agricultura celebrado en el CIFP Viñalta de Palencia, donde investigadores, empresas tecnológicas, ingenieros agrónomos y representantes del sector agrario analizaron durante una jornada cómo la inteligencia artificial, la robótica móvil, el big data o la conectividad 5G empiezan a transformar la agricultura de precisión y la ganadería.

El encuentro, impulsado dentro del programa Centr@Tec de la Junta de Castilla y León y el Instituto para la Competitividad Empresarial (ICECYL), y organizado por el Centro Tecnológico Agrario ITAGRA, reunió a más de un centenar de asistentes en torno a la idea de que el campo necesita tecnología para afrontar problemas cada vez más complejos, desde la falta de mano de obra hasta la reducción de costes, la sostenibilidad ambiental o la adaptación al cambio climático.

“Las nuevas tecnologías son un tren que está pasando y al que nos tenemos que subir para que nuestros competidores no nos saquen ventaja”, resumió el director del ITAGRA, Asier Saiz que inauguró la jornada junto al consejero de Economía y Hacienda, Carlos Fernández Carriedo.
Saiz defendió que la tecnificación ya no es una opción futurista, sino una necesidad para garantizar la competitividad del sector agrario. “La mano de obra va a ser un factor limitante en el futuro y hay que buscar soluciones. Una de ellas pasa por desarrollar herramientas que ayuden a suplir esa falta de trabajadores”, explicó.

El director del ITAGRA situó además a Palencia como uno de los polos de referencia en I+D aplicada a agricultura y medioambiente, gracias al ecosistema formado por el campus universitario con los estudios de Ingenierías Agrarias, los centros tecnológicos como ITAGRA o CETECE y escuelas de formación agraria como Viñalta.

Pero si alguien puede medir la evolución de esta revolución tecnológica es Ángela Ribeiro. Lleva dos décadas investigando en robótica agrícola en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y reconoce que el mayor cambio no ha sido solo tecnológico, sino cultural.
“Hace veinte años, cuando hablábamos de robótica en el campo, la gente se asustaba un poco. Ahora ya no solo se entiende, sino que hay empresas trabajando con esta tecnología. Hemos llegado a un punto muy maduro para empezar un despliegue real”, explicó.

Ese salto tecnológico se apoya en avances muy concretos. Sensores capaces de analizar el estado de una planta, cámaras térmicas, sistemas LIDAR, imágenes satelitales, algoritmos de inteligencia artificial o pequeños robots autónomos que trabajan coordinados como si fueran una flota.

La investigadora del CSIC explicó que uno de los desarrollos más avanzados es la detección temprana de plagas y la aplicación selectiva de tratamientos. Una tecnología especialmente relevante en un contexto de reducción del uso de fitosanitarios y búsqueda de una agricultura más sostenible.
“No es lo mismo detectar un hongo fijo que un insecto volador, pero ya hay aplicaciones muy avanzadas para identificar problemas antes de que sean visibles y actuar solo donde hace falta”, explicó.

El objetivo no es sustituir al agricultor, insistieron los expertos, sino ayudarle a trabajar mejor, reducir esfuerzo físico y optimizar recursos. De hecho, otra de las aplicaciones más inmediatas son los robots de apoyo al operario, capaces de transportar producto durante la recolección o automatizar tareas repetitivas y pesadas.

Ribeiro participó precisamente en proyectos europeos pioneros basados en flotas de pequeños robots coordinados. Uno de ellos, denominado RHEA, se centró en el control inteligente de malas hierbas mediante robots terrestres y aéreos trabajando simultáneamente.

Otro proyecto más reciente desarrolla plataformas autónomas de apoyo a la vendimia manual, capaces de acompañar al trabajador y transportar la uva durante la cosecha.

La clave, explicó, es que la robótica agrícola no funciona como una máquina aislada, sino como un sistema inteligente conectado continuamente y capaz de tomar decisiones en un entorno vivo y cambiante. Es ahí donde, según esta experta, aparecen todavía algunos de los grandes desafíos tecnológicos. “El campo tiene incertidumbre. Las plantas crecen, cambian, hay clima, plagas, movimiento… La inteligencia artificial tiene que ser capaz de adaptarse a todo eso”, apuntó.

También persisten problemas relacionados con la conectividad y la robustez de los equipos. Los robots necesitan comunicación continua, supervisión y sistemas fiables que soporten condiciones extremas de polvo, humedad o calor. “El agricultor necesita herramientas que funcionen con la misma facilidad con la que usamos un móvil”, resumió la investigadora.
Precisamente los teléfonos inteligentes se erigen ya como una de las puertas de entrada más realistas a esta revolución tecnológica. Buena parte de las herramientas de agricultura de precisión pasan por aplicaciones capaces de integrar sensores, datos meteorológicos, imágenes satelitales o recomendaciones automáticas para la toma de decisiones diarias en la explotación.

La gran cuestión pendiente sigue siendo cómo hacer rentable todo este ecosistema tecnológico, especialmente en países como España, donde predominan explotaciones más pequeñas y fragmentadas que en otros territorios con grandes superficies agrarias.
“Muchas veces hablamos de robots muy especializados para tareas concretas y periodos muy cortos del año. El problema es cómo amortizar esas inversiones”, reconoció Ribeiro. Y más en un sector como el agrario acostumbrado a convivir con la incertidumbre.
Ahí es donde investigadores y empresas empiezan a explorar nuevos modelos de negocio basados en servicios compartidos, alquiler de maquinaria autónoma o plataformas tecnológicas colectivas.

Mientras tanto, el sector observa con una mezcla de prudencia y expectación una transformación que ya ha dejado de ser futurista y que poco a poco está entrando en el campo.

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