C.B.ATIENZA/VALLADOLID
Las semillas no son sólo semillas. Detrás de cada variedad tradicional se esconden generaciones de agricultores, formas de cultivar, recetas, costumbres y una parte de la memoria de los pueblos. Una idea que fue protagonista de la charla ‘Semillas antiguas: soberanía, cultura y territorio’, que tuvo lugar el pasado 21 de septiembre en el Centro Cultural de Villabrágima y que Teresa Redondo y Patricia Luceño protagonizaron.

La actividad se enmarcó en dos proyectos Leader que la Asociación Aperos de Ayer -que el Grupo de Acción Local Campos y Torozos gestiona-, que buscan el estudio de los cambios del ecosistema agrario de los pueblos de la comarca y qué ha ocurrido con las variedades tradicionales de cultivos y con las elaboraciones gastronómicas asociadas a ellas. Durante el encuentro las participantes se acercaron a la situación de las variedades antiguas de semillas, su progresiva desaparición y la importancia de conservarlas no solo como material genético, sino también como parte del patrimonio cultural de los pueblos.
Así pues, Patricia Luceño señaló que «la pérdida de las variedades supone un adiós al conocimiento campesino y también parte de la identidad cultural de nuestros pueblos». Además, hizo hincapié en que «una semilla no puede entenderse separada del territorio donde se cultiva». Las técnicas de manejo, los usos culinarios y culturales y la relación con el ecosistema «forman parte del patrimonio que acompaña a cada variedad».
Otro de los aspectos vitales durante la charla fue el potencial de estas variedades ante los retos que plantea el cambio climático. Luceño redordó que «muchas de las semillas han sido seleccionadas durante generaciones y presentan una mayor rusticidad y adaptación a las condiciones del territorio». En este sentido, «su conservación puede permitir mantener una reserva genética que en el futuro resulte útil para recuperar características como la resistencia a determinadas enfermedades, plagas u hongos, así como a la sequía o las heladas».

Sin embargo, «no basta con conservar las semillas en bancos». Y es que «lo importante es que estas variedades estén en el campo para que no se pierda todo el conocimiento asociado a la variedad». De esta manera, «mantener únicamente el material genético permite conservar la semilla, pero no necesariamente todo lo relacionado con su cultivo y consumo».
La charla puso también sobre la mesa la pérdida de biodiversidad agrícola. Luceño citó datos de la FAO que dicen que ´en el último siglo se habría perdido más del 75 por ciento de las variedades de semillas existentes desde los inicios de la agricultura».
Recuperar una forma de vida
La desaparición de variedades tradicionales se vincula también a la pérdida de otros elementos de la vida rural. «Oficios, fiestas, formas de consumo, recetas y conocimientos transmitidos entre generaciones forman parte de ese patrimonio inmaterial que corre el riesgo de borrarse junto con determinadas prácticas agrícolas». Tal es así que «la pérdida del patrimonio agrario supone también que se devanezca el patrimonio inmaterial de los pueblos», Un proceso que relacionó con la despoblación rural, «tanto como causa como consecuencia«.
La actividad no se conformó con el diagnóstico de un problema. Las organizadoras plantearon alternativas y proyectos de proximidad que permiten colaborar en la conservación de estas variedades desde diferentes ámbitos, no únicamente desde la agricultura. «El consumo, la educación o el mantenimiento de huertas pueden convertirse también en vías para contribuir a su conservación».
La jornada concluyó con una cata de tomates, una manera práctica y cercana de acercar a los participantes a la diversidad de variedades tradicionales y de comprobar que detrás de cada cultivo existe también una historia y una relación con el territorio.







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