Marta García-Díaz, Cristina Nieto y Marina Palancar publican ‘Las semillas’, un libro de divulgación sobre la conservación de la diversidad vegetal y su importancia para la alimentación, la salud y el futuro del planeta

Las semillas sostienen buena parte de la vida humana, aunque rara vez ocupan el lugar que les corresponde en la conversación pública. Alimentan, curan, abrigan, conservan memoria agrícola y forman parte de la cultura material de los pueblos. También constituyen una de las estructuras biológicas más eficaces de la evolución, capaces de esperar décadas, e incluso siglos, hasta encontrar las condiciones necesarias para germinar.

Esa mirada científica y divulgativa articula Las semillas, el nuevo título de la colección ¿Qué sabemos de?, editada por el CSIC y Catarata, firmado por Marta García-Díaz, Cristina Nieto y Marina Palancar, tres especialistas vinculadas al Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC.

El libro aborda la biología de las semillas, su diversidad, sus mecanismos de supervivencia, la historia de su conservación y el papel de los bancos de germoplasma en un contexto marcado por la pérdida acelerada de agrobiodiversidad.

Una diversidad agrícola en retroceso

La publicación parte de un dato que resume la magnitud del problema. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, desde comienzos del siglo XX se ha perdido alrededor del 75% de la diversidad de las plantas cultivadas.

Lo que durante siglos fue un mosaico de variedades tradicionales adaptadas a regiones, climas, suelos e incluso parcelas concretas ha sido reemplazado progresivamente por sistemas agrícolas basados en plantas genéticamente muy parecidas entre sí.

“La agrobiodiversidad atraviesa un momento crítico, por eso es importante mostrar el papel indispensable que representan las semillas en nuestra vida cotidiana”, señalan las autoras.

El libro insiste en una idea que suele quedar oculta por la llamada ceguera vegetal: las semillas pueden prosperar sin la ayuda del ser humano, pero la humanidad difícilmente podría sobrevivir sin ellas.

Estructuras capaces de esperar

Una semilla contiene una forma de vida suspendida. Puede permanecer latente durante largos periodos y activar la germinación cuando encuentra condiciones adecuadas de humedad, temperatura, luz y suelo.

Esa capacidad de espera explica su valor biológico. Las semillas permiten a las plantas resistir condiciones adversas, dispersarse, colonizar nuevos espacios y perpetuar la especie.

El volumen explica estos mecanismos con voluntad divulgativa, combinando conocimiento científico, ejemplos históricos y curiosidades que permiten comprender por qué las semillas son mucho más que el origen de una planta.

También recuerda que conservar la diversidad genética contenida en ellas permite regenerar ecosistemas, alimentar y curar a personas y animales y reforzar la capacidad de adaptación frente a un planeta sometido a presiones ambientales crecientes.

De una mota de polvo a una semilla de veinte kilos

La diversidad de formas y tamaños de las semillas es extraordinaria. Pueden ser planas, alargadas, redondeadas, tener forma de riñón, alas o estructuras preparadas para flotar.

Ninguna de esas características es casual. La forma, el tamaño y la estructura responden a estrategias evolutivas que favorecen la supervivencia y la dispersión.

Las semillas que dependen de aves o mamíferos para desplazarse suelen ser esféricas u ovoides, lo que facilita su paso por el tracto digestivo sin sufrir daños. Otras, adaptadas al transporte por agua, son voluminosas, ligeras y cuentan con tejidos esponjosos o bolsas de aire que les permiten flotar durante largas distancias.

La escala de tamaños va desde las semillas de orquídeas, tan pequeñas como una mota de polvo y capaces de viajar con el viento, hasta el coco de mar, procedente de una palmera del archipiélago de las Seychelles, que puede alcanzar los veinte kilos de peso y desplazarse flotando en el agua.

La conservación como práctica antigua

La conservación de semillas no es una invención reciente. Durante generaciones, los agricultores reservaron parte de la cosecha para garantizar la siguiente siembra. Aquella práctica constituía una forma elemental de conservación, adaptada a las necesidades de cada comunidad.

El cambio llegó con la agricultura moderna. A mediados del siglo XX, muchas variedades tradicionales dejaron de considerarse rentables y fueron sustituidas por un número reducido de variedades comerciales. La consecuencia fue una pérdida progresiva de diversidad cultivada.

La creación de bancos de semillas respondió precisamente a esa amenaza. El libro recuerda el papel del agrónomo ruso Nikolái Vavílov, que en la década de 1920 comprendió la importancia de conservar la diversidad vegetal y fundó en Leningrado el considerado primer banco de germoplasma.

Vavílov viajó por distintos países para recoger y estudiar plantas cultivadas. En 1927 visitó España y Portugal en busca de variedades autóctonas de escanda, un tipo de trigo.

Más de 1.700 bancos de semillas en el mundo

A partir de la década de 1970, la preocupación internacional por la seguridad alimentaria y la pérdida de variedades locales impulsó la creación de instituciones dedicadas a conservar semillas.

Hoy existen más de 1.700 bancos de semillas repartidos por el planeta.

En España, el principal banco de referencia se encuentra en el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC. Allí se conservan variedades locales de cultivos agrícolas, parientes silvestres, variedades comerciales obsoletas y especies que ya no se cultivan, pero que mantienen valor para la investigación, los programas de mejora o la recuperación de variedades tradicionales.

El CRF conserva miles de semillas de unas 1.500 especies y se ha consolidado como una infraestructura científica clave para la preservación de la diversidad vegetal.

El viaje de una semilla hasta el banco

El libro describe también el proceso que permite que una semilla termine conservada en las cámaras del Centro de Recursos Fitogenéticos.

Cada muestra puede proceder de una donación de agricultores, de otro banco de semillas o de expediciones planificadas. Al llegar al banco, se le asigna un número de registro y se documenta información sobre la especie, el lugar y la fecha de recolección, la fenología y el estado sanitario.

Después se comprueba su calidad, su capacidad de germinación y la posible existencia de duplicados. La semilla pasa por fases de limpieza y secado para evitar que germine antes de tiempo. Más tarde se realizan ensayos de viabilidad y, finalmente, se almacena.

El CRF cuenta con una cámara activa, mantenida a menos cuatro grados, para conservación a corto y medio plazo, y una cámara base, a menos dieciocho grados, destinada al almacenamiento a largo plazo. En esta última, las semillas se guardan en contenedores de aluminio que las aíslan de la humedad, los gases y la luz.

La bóveda del fin del mundo

La obra dedica también atención al Banco Mundial de Semillas de Svalbard, situado en un archipiélago ártico, a 1.300 kilómetros del Polo Norte.

Conocido como la Bóveda del Fin del Mundo, fue inaugurado en 2008 como una infraestructura de respaldo para bancos de semillas de todo el mundo. Su ubicación fue elegida por el clima frío y estable, el permafrost y la baja actividad sísmica.

La bóveda se encuentra excavada en una montaña y está preparada para resistir terremotos, inundaciones, guerras y el aumento del nivel del mar. Dos veces al año recibe envíos de instituciones que depositan duplicados de sus colecciones, que continúan siendo de su propiedad.

Desde 2022, el INIA-CSIC ha entregado cientos de semillas de especies vegetales españolas a Svalbard. El objetivo es que el 40% de las colecciones conservadas en los quince bancos de semillas distribuidos por España cuenten con una copia en el Centro de Recursos Fitogenéticos y otra en esta infraestructura internacional.

El reciente reconocimiento del Banco Mundial de Semillas de Svalbard con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional refuerza, según las autoras, el valor científico y simbólico de una instalación concebida para proteger la seguridad alimentaria de las generaciones futuras.

Tres investigadoras para explicar un patrimonio esencial

Marta García-Díaz, Cristina Nieto y Marina Palancar reúnen en Las semillas conocimiento científico, experiencia profesional y voluntad divulgativa.

García-Díaz es doctora en Microbiología y Parasitología por la Universidad Complutense de Madrid y técnico especializado de organismos públicos de investigación en el INIA-CSIC, donde trabaja en gestión de proyectos de investigación.

Cristina Nieto García es doctora ingeniera agrónoma por la Universidad Politécnica de Madrid e investigadora del INIA-CSIC. Su trabajo se centra en el estudio de colecciones de semillas del Centro de Recursos Fitogenéticos para identificar variedades adaptadas al cambio climático.

Marina Palancar Larena ha sido colaboradora de I+D+i en el Servicio de Conservación del Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC. Actualmente desarrolla su actividad en la Agrupación Gerencial del CI2A y participa en iniciativas de divulgación científica del CSIC.

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Semillas para alimentar el futuro

Las semillas es el número 177 de la colección ¿Qué sabemos de?, una serie orientada a acercar el conocimiento científico a la ciudadanía.

El libro propone mirar de nuevo estas estructuras vegetales que acompañan a la humanidad desde el origen de la agricultura y que hoy resultan decisivas para responder a desafíos como la seguridad alimentaria, la pérdida de biodiversidad, la adaptación al cambio climático y la recuperación de variedades tradicionales.

En un tiempo marcado por la uniformidad agrícola y la fragilidad de los ecosistemas, las semillas conservan una promesa biológica y cultural. Guardan pasado, permiten presente y contienen una parte indispensable del futuro.

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